Yo.0

Sebastián Moncada

Miguel Hernández: hasta la derrota, siempre

Miguel Hernández

 

El libro de la fotografía encierra uno de los mayores y más perdurables misterios de mi vida.

Es la edición de 1976 de una antología poética de Miguel Hernández en el Círculo de Lectores, que llegaría a mi casa, no sé, porque mi madre lo marcaría en un pedido, supongo que con alguno de Los Cinco o un "clásico infantil" simplificado: para el niño, a ver si lee algo, aunque sea con dibujos, con colores o con letra grande. Pero nada, quizás con velas a un santo. ¡Gente de poca fe!.

Así que me dejaron en manos del santo, que me religó, sin mucha fe tampoco, seguramente, con lo más improductivo de la estantería. Y desde entonces me recuerdo con este libro entre las manos, encadenado, sin entenderlo, intrigado por su escritura aérea, por la forma de su líneas dispuestas en columnas y agrupadas en bloques, por el orden misterioso de sus palabras, que me arrancaban la voz y hasta parecían llamarme a veces: olivo cano, umbrío por la pena.

Hablaba de relámpagos resumidos en limones. De una tal Josefina adorada. De vientos que arrastraban a los pueblos. De toros, bueyes, páramos. De España. De niños masculinos y sufrientes. De hombres recios. De amigos perdidos. De compañeros del alma. De panaderas tristes. De mujeres dinamiteras. De utopías al alcance de la mano. De anhelos persistentes.

Era el poder de la palabra, siempre encontrada, siempre medida, siempre pulida, portentosa y eléctrica, que se ofrecía así para saborearla, leyendo hablando, mostrándote el camino, y se desdoblaba, y se recreaba, y se desnudaba después en su significado, vibrándote con ella hasta las lágrimas, entonces sin saber, algunas veces. Y todavía.

El Círculo de Lectores trajo después a Serrat y a Jarcha, y también otros libros, y conocí a Miguel Hernández de otro modo. Pero yo ya sabía que era más hondo que Machado, más jondo que Lorca, más auténtico que Felipe, más sensual que Neruda, más revolucionario que Alberti y más humano que todos. Hasta la vida y hasta la muerte, hasta el exilio de las convicciones. Hasta la derrota, siempre.

De todos los libros que voy perdiendo, éste es, sin duda, el que más veces he leído y el que más veces volveré a leer. Es el más manoseado, el más desvencijado y el más desordenado, con su índice inútil de páginas sueltas y mezcladas, y ese poema que nunca aparece cuando se le necesita. Es el más llevado y traído. El que se me pierde amargamente y regresa como un libro pródigo. Es el libro para mi isla desierta. Y es el que legaré porque no habré regalado.

Así que cuando en un futuro os pidan que gloséis mi carrera literaria -aún no, no os precipitéis, aún es pronto y es parca-, hablad de la influencia y la llamada de Miguel Hernández. Os lo digo yo: es clara. Y directa. El santo lo sabía, gente de poca fe:

Manantial casi fuente; casi río
fuente; ya casi mar, casi río apenas;
mar casi-casi océano de frío,
Principio y Fin del agua y las arenas.
Casi azul, casi cano, casi umbrío...

 

 
 
 

Tags: Hyperpoesía

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