Yo.0

Sebastián Moncada

El repelón y la redarquía

El repelón

 

Hace algún tiempo, en el marco de unas jornadas sobre voluntariado social, asistí a la conferencia que dictaba un tal José Cabrera, clon de Felipe González, ingeniero y canario, que resultó ser, además de otras cosas que iré destapando, un alto directivo de una de las más importantes compañías de ingeniería informática del mundo, Sun Microsystems, hoy Oracle, cuyas “líneas de negocio”, creo que se dice, consisten en colocarnos en el ordenador productos como la plataforma de programación Java o la suite ofimática OpenOffice.

Así que, entre que el trauma del referéndum de la OTAN desata en mí un resentimiento reflejo e inconsciente contra toda evocación de “Fe li pe”, y que todavía, cuando hojeo la Pedagogía del oprimido, me parece que Freire dice cosas razonables, lo mío en los prolegómenos no consistía sino en imaginar quién, de los sentados en la primera fila, sería el ocurrente lumbrera que había invitado a este personaje a unas jornadas sobre voluntariado social.

Mis prejuicios contra el hombre, contra Felipe, se redondearon (o se afilaron, sería) en el instante en que abrió la boca y se presentó como “liberal”, encima, uf. Y se inflaron, hasta elevarme del asiento, cuando comenzó a combinar definiciones del voluntariado cargadas de tópicos con referencias, de una grandilocuencia chirriante, a la "Web 2.0.", a los “nativos digitales” y a los “entornos organizacionales complejos”. Un mejunje de ideas absolutamente intragable, ofrecido, además, con una de esas técnicas de presentación, punteras y creativas, es decir de volverte loco, en las que las diapositivas que se proyectan no tienen nada que ver con lo que se está relatando, y uno allí buscando la relación, o sea, tragándose el anzuelo.

Si no volé en aquellos primeros momentos sólo fue porque, a veces, en la vida, se presentan disyuntivas en las que es preferible elegir lo malo desconocido, como sucedía aquel día, cuando las opciones que tenía eran o permanecer allí o volver al trabajo. Y opté por quedarme, claro.

¡Malditos traumas y prejuicios! José Cabrera no era Felipe (sólo se parecía) y resultó, al cabo, un tipo extraordinariamente comunicativo y divertido; y el meollo de la conferencia, la mar de interesante. Mar y meollo separados por tres palabras. Por cuatro, vale. Mar, meollo, marisco, centollo... Por menos se nos va el tema a las paellas y las mariscadas en cualquier reunión de taberna, pero lo que quiero decir es que la disertación se centró en la descripción de su experiencia de dirección de equipos de trabajo, aunque seguramente ni siquiera lo diría así, sino que hablaría de “liderazgo de grupos en entornos competenciales de alto rendimiento”, no lo recuerdo, pero lo perdono.

Lo que sí recuerdo con claridad es que razonó su éxito como resultado de una motivación de agentes basada en cosas tales como el reconocimiento del trabajo de cada uno, el conocimiento compartido, la autonomía, la libertad, el protagonismo, la confianza, el afecto, la seguridad laboral, la posibilidad creativa de la discrepancia o la satisfacción adecuada de las necesidades personales, incluyendo las de tiempo libre, tras todo lo cual latía una crítica, contenida pero feroz, a la jerarquización. “Yo no exijo a los colaboradores de los equipos que entren a trabajar a las 8 de la mañana, porque el trabajo es duro y exigente, sino que prefiero que desayunen en casa, con sus hijos, que vivan su familia, que descansen y que lleguen contentos al trabajo”, recuerdo que dijo.

Me reencuentro hoy con José Cabrera, a quien después de aquello, lógicamente, ya había perdonado, en una entrevista en la que reproduce de forma más ordenada gran parte del mensaje de aquella conferencia, poniéndole nombre incluso: redarquía. El Google os dirá seguramente que esto es más viejo que el repelón, “eso fue antaño”, pero es que mi ignorancia es todavía más ancha que mis prejuicios. He aquí unas citas de la entrevista, debidamente descontextualizadas y manipuladas:

“El hecho cierto es que no hay innovación colectiva sin colaboración, no hay colaboración sin confianza y no hay confianza sin transparencia”.

“Sólo creando organizaciones más abiertas y humanas, más participativas, conseguiremos que nuestros colaboradores liberen todo su talento y su creatividad”.

“El liderazgo que requieren las empresas para abordar el futuro, tiene que ver con nuestra capacidad de comprender a los demás, de conectar emocionalmente, de persuadir, argumentar y convencer”.

“Debemos ser capaces de coordinar el esfuerzo de nuestra gente sin que para ello nos veamos forzados a crear organizaciones burocráticas, jerárquicas e inflexibles”.

“Debemos encontrar un nuevo balance entre las necesidades personales de libertad y autonomía, y las necesidades de predicción y control de la organización.

“El precio del control es muy elevado. El control reduce la motivación y la creatividad, y favorece el surgimiento de los silos funcionales, es decir, de departamentos estancos que ocultan la información, y se dedican mucho más a mantener sus prerrogativas que a colaborar e innovar con el resto de la organización”.

“Buena parte de la jerarquía sólo busca perpetuarse, y ya no aporta ningún valor a la organización”.

[Estas estructuras reproducen] “determinados comportamientos endogámicos y abusivos, típicos de la clásica organización jerárquica”.

“Digamos que la imagen del líder visionario, instalado en la cúspide de la pirámide, hoy resulta ridícula. Los problemas son tan complejos que no cabe resolverlos de manera unilateral”.

Ya sé, ya sé, ya me sé lo que estáis pensando algunos.., veamos, de menor a mayor: que maneja el lenguaje del management y del coaching; que las aparentes resonancias pedagógico-libertarias de las propuestas tienen bien poco de originales; que se trata de una visión atravesada por la "lógica funcional del mercado"; que parece mentira que yo... Ya sé, ya sé. Pero precisamente por eso me sorprenden inevitablemente los planteamientos, que somatizo a la luz de mi propia experiencia, digamos, laboral, en un entorno desos, o parecido, o no, pero es el que tengo, y por eso los traigo: porque no están razonados como una crítica política, sino todo lo contrario.

Yo no soy funcionario ni empleado público, gracias a Dios, o no. Tampoco puedo decir que lo hago en la empresa privada ni en el Tercer Sector. Decir que trabajo en un "nicho laboral" me hace sentirme un Valdés Leal del factor trabajo, qué mal rollo, asustando al personal con el curso natural de las cosas. Así que terminaré diciendo que trabajo en una paradoja y que a qué viene esto. No sé, no me acuerdo, pero, total, que qué desperdicio. Que qué putada aquello de la OTAN. Y que a ver si quedamos para lo de la paella.

 

 

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