Yo.0

Sebastián Moncada

Demagogia

Frontera Sur

 

Acabo de llegar a mi casa cuando empiezo a escribir estas líneas. Vuelvo de Ceuta, de la marcha conmemorativa de la tragedia de El Tarajal, donde quince personas murieron ahogadas hace tres años cuando intentaban cruzar a nado la frontera con España.

Se me apetecía acudir a la marcha, convocada por Pedagogía Ciudadana con el respaldo de diversas organizaciones sociales y políticas. ¿Por qué? ¿Para qué? No sé. Quería estar y conocer eso. Ver la valla con mis ojos. Pisar y respirar ese escenario infame de la frontera sur. Sentía que era bueno estar allí. Apoyar este gesto -ay, los gestos, esa penúltima línea de resistencia de la praxis-. Contribuir al recuerdo de aquellos chicos muertos. Sumar algo, si es que eso es posible y tiene algún sentido, no lo sé tampoco. Lo digo como lo siento, con todo el peso de mi descreimiento en las cosas, en los gestos, en la praxis y en las posibilidades. Esa es la verdad.

También es la verdad que me cabían en la mochila un montón de expectativas emocionales suficientemente superfluas. Oye, qué bien, echar el día de excursión en Ceuta, porque no voy desde los años de los relojes Timex y los caballitos blancos de porcelana. Ah, y que tengo posada frente al puerto, pero jamás he visto el otro lado de la dársena. Y que me asomo cada noche de verano a la bahía, pero no me hago una idea de lo que es la monoboya. Y que me falta la perspectiva marinera para entender el Peñón, parece mentira. Y que cuánto será un tiro de piedra en medio del Estrecho. ¿Y un brazada, cuánto será?. Y que cuánto es correr para un fast ferry. Y que si se seguirán viendo los delfines. Y que si será realmente Ceuta, como dicen, lo que se ve de noche desde la Punta del Carnero.

El día amanece nebuloso y amenazante, pero nos ponemos en marcha. Poco a poco van llegando al puerto otros participantes. In extremis los últimos. No hace falta preguntar demasiado quiénes son los que van a lo mismo. Muchos lo llevan escrito en las rastas, en las botas, en las zapatillas gastadas, en los bolsos, en los pañuelos, en los jerseys tejidos a mano... Sí, eso es: activistas alternativos y jubilados, perroflautas, sí, yonkis de los derechos humanos y todos esos rollos.

Mis deudas con la travesía las saldo en la cubierta, pese al viento y las salpicaduras. Muchos, con su experiencia sobrada en el paso del Estrecho, nutrida en esa querencia tan alternativa por Marruecos, prefieren el confort del interior del barco. Pero no somos pocos los neófitos que recibimos allí arriba nuestro bautismo de agua salada y detalles fútiles. A veces, por segundos, porque vamos a lo que vamos al fin y al cabo, nos reflejamos en las aguas recias y profundas, y resulta inevitable imaginarnos al pairo, allí en medio, en una colchoneta de juguete. Pero sólo por un instante y con la demagogia justa. Inmediatamente nos despreocupamos de nuevo de ese abismo y nos centramos en la belleza del mar, no vaya a ser que nos perdamos la vista de algún cetáceo que se cruce con nosotros en un golpe de suerte.

Ceuta -portuaria, fortificada, empinada, mestiza, rico su té y su café malísimo- no sigue igual, pero como si siguiera, porque no llevamos plan de visita. Hasta mediodía nos dedicamos a pasear sin rumbo ni miedo de perdernos, haciendo tiempo. Durante el paseo, mis lazarillos me explican pacientemente los detalles y el quién es quién de todo aquello. Y me aclaran que sí, que los negros de las calles son los que han pasado la valla. Que el CETI, en realidad, es Ceuta. Que aquí los dejan libres hasta que los trasladan a un centro de internamiento, donde ya se verá. Y me explican que no, que no cuentan con gran respaldo social. Que aquello es un gesto. Que la gente es, en general, indiferente. O quizás no, pero en un sentido contrario al deseado... Lo voy pensando todo. Y me preparo.

A las doce nos reunimos varios cientos de personas en una mesa redonda que forma parte de los actos de la jornada. Predomina el clima de saludo fraterno de estas cosas, raramente religioso y demagógico, con muchos negros entre los asistentes, los del CETI. Hablan los intervinientes de la mesa y me gusta lo que dicen, aunque me quedo con las palabras de Sani, de Camerún, cinco años aquí, que habla en perfecto español y sin mucha demagogia. De sus intenciones. De las dificultades. De las complicaciones. De su miedo cerval a la valla, a las cuchillas, a los alambres, a la sangre, a las palizas y a la policía. De las vueltas que dio hasta verlo posible. De las aguas heladas de diciembre. De las pelotas de goma de la Guardia Civil. De su llegada, por fin, a la tortura del CIE de Tarifa. De su pasión por el estudio, por los libros, por las bibliotecas. De cómo se va cumpliendo su sueño de estudiar. Y entonces entiendo que sí, que Sani es efectivamente una amenaza para nosotros, compatriotas lerdos, realistas, pragmáticos y nada demagógicos. Porque gente así no sólo va a robarnos el trabajo, sino que va a robarnos también los restos de decencia.

El almuerzo se reparte en una plaza. Consiste en un bocadillo, una bebida y un golpe de realidad. Allí, en la cola, confundidos entre otros jóvenes del CETI, se han colado unos niños. Alguno pasará difícilmente de los 15 años. Niños, como mi hijo. Haciendo grupo. Niños. Chiquillos. En los gestos, en las poses, en los pantalones caídos, en las sonrisas, en las miradas cómplices, en las respuestas... Niños. Sin discusión posible. Sin matices. Sin limbos ideológicos que valgan. Puede no verse, sí, sin demagogia. Y puede razonarse, y matizarse, y relativizase, y suavizarse, y decirse que no son exactamente niños. Pero tiene uno que haber mamado muy mala leche, y tiene que ser uno muy muy pequeño para poder hacerlo. Lo digo con acritud, pero sin demagogia.

—Estos son niños —le digo a uno.

—Sí, también pasan niños —me contesta, creo que con sorpresa ante mi sorpresa.

Ya no puedo sacudirme la demagogia durante el resto de la tarde, ni perderlos de vista. Ahí están, portando sus pancartas, coreando, deletrando dificultosa y lentamente el lema, sintiéndose protagonistas, recibiendo el calor de los participantes, dejándose manipular, no sé si confiándoles alguna esperanza.

No paro de observarlos y veo que no soy el único. Ya en la marcha, durante un momento, montan entre risas y entre ellos un pequeño follón, farfullando algo en francés. Una señora mayor, que parece entenderlos, se acerca a ellos y les regaña como una abuela. Ellos interrumpen los gritos al instante, se recomponen con ademanes serios, masculinamente serios, se diría, miran firmes al frente, contienen la risa. Sí, de dónde saldrá el martillo, se me viene a la cabeza en otro arrebato de demagogia.

La marcha transcurre limpiamente, pacíficamente, cívicamente. Se gritan lemas duros contra la muerte en las fronteras, pero qué más civilizado. Se marcha por la acera para no causar molestias ni entorpecer el tráfico, aunque más tarde, casi al final, se rompa el orden y algunos comiencen a ocupar la carretera. Me pide el cuerpo entonces expresar mi fastidio pequeñoburgués: "Se pierden razones así, cortando el tráfico", digo. Y acto seguido pienso: "Soy gilipollas". Y acabo la marcha como todos, por la carretera.

Llegamos a la playa, aunque antes me ha dado tiempo de pensar en las ausencias, porque no puedo evitar echar de menos a alguna gente. ¿Dónde coño estarán? ¿En qué estarán pensando? ¿Temerán algo? ¿Creerán que hay mejores lugares donde plantar las razones? ¿Tendrá que venir el Papa a decirles en persona lo de que que prefiere una Iglesia accidentada y en salida?

Muchos medios siguiendo la llegada a la valla. El ambiente me parece sereno, contenido, casi tímido, emotivo y triste. Me apena la escasa respuesta, aunque ya sabré más tarde que los convocantes la viven como un éxito. Nos explican dónde fue y cómo sucedió. Se lee el manifiesto. Se pide justicia. Se corean lemas. Se frustra con el viento el vuelo de los globos. Y todos encontramos algún momento para refugiarnos en el silencio a contemplar la playa.

Es la frontera sur, sí. Y es Ceuta lo que se ve desde la Punta del Carnero. Me alegro de haber venido. Hoy me alegro de estar con esta gente.

[Los muertos de El Tarajal]

 

 

 
 

Tags: Golpes de realidad

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