Yo.0

  • Te doy una canción

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    Escrito el Sábado, 02 Junio 2018

     

    Cómo gasto papeles recordándote.
    Cómo me haces hablar en el silencio.
    Cómo no te me quitas de las ganas
    aunque nadie me vea nunca contigo.
    Y cómo pasa el tiempo
    que de pronto son años
    sin pasar tú por mí
    detenida.

    Te doy una canción si abro una puerta
    y de las sombras sales tú.
    Te doy una canción de madrugada,
    cuando más quiero tu luz.
    Te doy una canción cuando apareces
    el misterio del amor,
    y si no lo apareces no me importa:
    yo te doy una canción.
     
    Si miro un poco afuera, me detengo.
    La ciudad se derrumba y yo, cantando.
    La gente que me odia y que me quiere
    no me va a perdonar que me distraiga.
    Creen que lo digo todo,
    que me juego la vida,
    porque no te conocen ni te sienten.
     
    Te doy una canción y hago un discurso
    sobre mi derecho a hablar.
    Te doy una canción con mis dos manos,
    con las mismas de matar.
    Te doy una canción y digo Patria
    y sigo hablando para ti.
    Te doy una canción como un disparo,
    como un libro, una palabra, una guerrilla,
    como doy el amor.
     
                          Silvio Rodríguez
    Etiquetas: Hyperpoesía
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Esquiroles

 

La imagen retrata a una columna de esquiroles, strikebreakers, atravesando territorio hostil, camino de la fábrica, durante una huelga de trabajadores neoyorquinos en 1905.

El texto, firmado por A. Luna, está referido a la huelga de braceros cordobeses y sevillanos del verano de 1902. Lo recupero de El Heraldo de Madrid en la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España, rebuscado entre noticias de esquiroles.

Jornaleros, fracasados y derrotados, que no salen en cualquier libro de historia.

OTOÑO TRISTE.

Cuando volví de Andalucía, los andenes se iban llenado de segadores esquiroles: eran los rudos faeneros granadinos, portugueses y gallegos que habían invadido las vegas de Córdoba y Sevilla para sustituir a los trabajadores en huelga. Aquella tropa, enemiga de sus iguales, pasaba a través de los campos como una caravana obscura y siniestra; sobre el rostro bronceado, el haldudo chambergo solero; el hatillo haraposo sobre la espalda rendida, y en el cinto, por toda remuneración a una labor terrible, diez o doce duros para todo el año. Poco era; pero aquella cantidad que se llevaban los hombres de hierro representaba la ruina de toda una comarca de trabajadores; por eso se les veía caminar, por entre los olivos, solos, inquietos, con la mirada temerosa, como si les siguiera en una peregrinación doliente la desesperada maldición de los vencidos.

Pero, al fin, el hecho estaba consumado: las hoces habían sido arrancadas de manos de los andaluces que tuvieron la candidez de pedir un aumento de jornal y un poco más de alimento; y aquellas hoces, empuñadas por hombres más duros, más sobrios, hijos de unos campos donde la miseria es habitual, habían rasado las vegas y recogido el fruto.

Mientras duró el verano, aún hubo esperanza para los trabajadores de la tierra; el verano se pasa comiendo fruta al pie de los nogales y de las higueras pródigas, mantenidos por un sol espléndido y generoso, junto a las norias moriscas, que prestan su sombra y su frescura. Pero la siega ha concluido: los hombres de otros campos se marchan con su pobre presa; las carretas del amo se llevan a los trojes las últimas gavillas; sobre la tierra ardiente caen las primeras lluvias, y allá en lo alto el viento desatado hace danzar las nubes grises del otoño. Y entonces empieza la durísima vida en las chozas desmanteladas, en las casucas medio derruidas, en cuyos muros crece la grama del otoño y por cuyas puertas desencajadas penetra el aire, dispersando en el pobre hogar los tizones mojados por el aguacero.

No es mucho más feliz la vida de los que se marchan; vedlos llegar a los andenes sin algazara, sin cantares ni risas; vuelven a la tierruca, y ni siquiera parecen alegrarse; su mirar es triste; su ceño, hosco y sombrío. ¿Es tan dichoso lo que les aguarda? Ahora viajarán hacinados en un vagón horrible, en manada, apretándose los lomos como una remesa de ganado lanar; en las estaciones en que haya que esperar mucho, dormirán a la sombra de un muro, en el suelo, como duerme un rebaño, con menos cuidados aún, y por el camino comerán los inverosímil, lo indescriptible, al objeto de salvar el dineriño, que es la vida de la mujer y los hijucos.

Estas dos huestes abnegadas habían luchado desesperadamente sobre la tierra. Y diríase que la tierra lo sentía. Así creí verlo cuando, asomado a la ventanilla del tren en marcha, me sorprendió el amanecer sobre la vega de Córdoba. Aún brillaban en el horizonte algunas estrellas, y por debajo de su chispear luminoso se tendía una larga banda color de oro, radiante y pura como la túnica de un ángel, algunos pájaros ensayaban sus primeros trinos sobre los brezales, mojados por el rocío; la vega arrastrojada se extendía hasta la azul crestería de la Sierra en círculo enorme. Amanecía sobre el campo; era luz otra vez, la esperanza, la vida; pero los chozajos dispersos parecía abrumados de tristeza, y las casitas blancas, de cuyas chimeneas no salía un hilo de humo, contemplaban el campo yermo con el mirar atónito de sus ventanales deshechos. en las cortijadas reinaba el silencio de la soledad. Bajo la luz naciente, la tierra parecía sentir la fatiga y el duelo que pasó por ella.

A. LUNA.

 
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