Yo.0

  • Te doy una canción

    Escrito por
    Escrito el Sábado, 02 Junio 2018

     

    Cómo gasto papeles recordándote.
    Cómo me haces hablar en el silencio.
    Cómo no te me quitas de las ganas
    aunque nadie me vea nunca contigo.
    Y cómo pasa el tiempo
    que de pronto son años
    sin pasar tú por mí
    detenida.

    Te doy una canción si abro una puerta
    y de las sombras sales tú.
    Te doy una canción de madrugada,
    cuando más quiero tu luz.
    Te doy una canción cuando apareces
    el misterio del amor,
    y si no lo apareces no me importa:
    yo te doy una canción.
     
    Si miro un poco afuera, me detengo.
    La ciudad se derrumba y yo, cantando.
    La gente que me odia y que me quiere
    no me va a perdonar que me distraiga.
    Creen que lo digo todo,
    que me juego la vida,
    porque no te conocen ni te sienten.
     
    Te doy una canción y hago un discurso
    sobre mi derecho a hablar.
    Te doy una canción con mis dos manos,
    con las mismas de matar.
    Te doy una canción y digo Patria
    y sigo hablando para ti.
    Te doy una canción como un disparo,
    como un libro, una palabra, una guerrilla,
    como doy el amor.
     
                          Silvio Rodríguez
    Etiquetas: Hyperpoesía
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Goethe


De Frankfurt,
por ejemplo,
donde jamás he estado,
te he traído,
lo primero,
un Yo, que pretendía,
y un grave desencanto de alemanes
obedientes
que rugen como tanques
con el nombre,
Jürgen, dicen,
y yacen
en la Feria del Libro
encadenados
al intelecto,
creo.
O en la oficina.

Deshago las maletas y se muestra,
además,
en la etiqueta del check-in,
una herida punzante
en mi nivel de inglés,
de pronóstico reservado a los amigos.
Y un cuaderno azulón
contusionado,
con un dolor difuso
en su capacidad de contener
y de entender
la weltanschauung.

En la ropa
de invierno
mal doblada,
precipitadamente,
traigo
un hartazgo de ópera,
de música
y, en general,
de alta cultura.
Y traigo
un frío
vertebral de trinchera prusiana,
de pensamiento abstracto
y amor reconstruido,
si bien delineado,
si bien irreparable,
lívido,
demudado,
y una pulsión mortal de endecasílabo
como un verso de Goethe
conocido
para poder morirse
en él
por cada letra
leída.

Te traigo,
si me miro en el espejo,
un certificado de concupiscencia desatendida.
ganas de fumar,
ganas de beber
y hambre ninguna.

Y de las calles
y los versos de Borges
que nunca he conocido,
apenas si te traigo
un plano subrayado
amablemente
por la recepcionista
del hotel;
y un ticket cancelado,
entre sus pliegues,
de un trayecto de metro,
con el chiste esperado,
reído,
llorado desde siempre,
al dorso del recuerdo.

Del Meno,
una postal
traslúcida
en la mente.

Y en el fondo
del alma
de la bolsa de mano
un bote de perfume
que ha pasado
inesperadamente
todos
los controles.

 
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