Yo.0

  • Te doy una canción

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    Escrito el Sábado, 02 Junio 2018

     

    Cómo gasto papeles recordándote.
    Cómo me haces hablar en el silencio.
    Cómo no te me quitas de las ganas
    aunque nadie me vea nunca contigo.
    Y cómo pasa el tiempo
    que de pronto son años
    sin pasar tú por mí
    detenida.

    Te doy una canción si abro una puerta
    y de las sombras sales tú.
    Te doy una canción de madrugada,
    cuando más quiero tu luz.
    Te doy una canción cuando apareces
    el misterio del amor,
    y si no lo apareces no me importa:
    yo te doy una canción.
     
    Si miro un poco afuera, me detengo.
    La ciudad se derrumba y yo, cantando.
    La gente que me odia y que me quiere
    no me va a perdonar que me distraiga.
    Creen que lo digo todo,
    que me juego la vida,
    porque no te conocen ni te sienten.
     
    Te doy una canción y hago un discurso
    sobre mi derecho a hablar.
    Te doy una canción con mis dos manos,
    con las mismas de matar.
    Te doy una canción y digo Patria
    y sigo hablando para ti.
    Te doy una canción como un disparo,
    como un libro, una palabra, una guerrilla,
    como doy el amor.
     
                          Silvio Rodríguez
    Etiquetas: Hyperpoesía
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A veces, de vez en cuando, en mi barrio, durante mi infancia, el curso natural y fallido de la vida depositaba en manos de los niños la suerte de algún cachorro atigrado de gato, hijo de la lujuria felina, noctámbula, mestiza y de maullidos desbocados, que nosotros rescatábamos de la espesura misteriosa de los jardines para proporcionarle, por fin, una vida digna.

A diferencia de las salagartijas y los murciégalos, que trastornaban nuestra inocencia infantil en una vocación letal por la anatomía forense, los gatitos, como los pollitos de colores, cada uno con su clase de desvalimiento, despertaban inevitablemente el instinto maternal y solícito de la horda. Aquellos hermanos lobos, hermanos gatos, hermanos pollos, criaturas todas arrojadas a la improbabilidad de la supervivencia, se entregaban con torpes y parsimoniosos reflejos a sus más sombríos designios, pero comían de todo y sin queja. Leche a ser posible, como correspondía a su condición de lactantes, los gatos, sí; pero también los pollos. Yogur de fresa, si no, como suplemento. O chocolate, o chorizo, o pan con Tulipán en un momento dado, compartidos de la merienda. O cualquier cosa robada de la alacena del hueco de la escalera en un descuido de madre inmisericorde: tomate, galletas o atún, porque los gatos comen pescado -y los pollos, lo juro-, o, al cabo, una pimienta entera "pa revivirlo".

Unos, la mayoría, se evaporaban esa noche y nunca más volvíamos a tener noticias suyas, pero tampoco remordimientos. A otros pocos, elegidos hasta su entierro en un agujero del jardín -en caja siempre y con comitiva-, podíamos acompañarlos, sin embargo, un día más, para entregarles nuestro afecto desbordante hasta matarlos de comer o de otra cosa -puede-, pero no de falta de cariño, pese a las funestas advertencias y protestas del que parecía saber más de estas historias: "Illo, dejarlo ya, que se va a encanijá".

Y, en fin, que me he acordado al ver al bebé de Bescansa pasando de mano en mano por el grupo parlamentario de Podemos.

Se va a encanijar, lo aviso.

 
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