Yo.0

  • Te doy una canción

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    Escrito el Sábado, 02 Junio 2018

     

    Cómo gasto papeles recordándote.
    Cómo me haces hablar en el silencio.
    Cómo no te me quitas de las ganas
    aunque nadie me vea nunca contigo.
    Y cómo pasa el tiempo
    que de pronto son años
    sin pasar tú por mí
    detenida.

    Te doy una canción si abro una puerta
    y de las sombras sales tú.
    Te doy una canción de madrugada,
    cuando más quiero tu luz.
    Te doy una canción cuando apareces
    el misterio del amor,
    y si no lo apareces no me importa:
    yo te doy una canción.
     
    Si miro un poco afuera, me detengo.
    La ciudad se derrumba y yo, cantando.
    La gente que me odia y que me quiere
    no me va a perdonar que me distraiga.
    Creen que lo digo todo,
    que me juego la vida,
    porque no te conocen ni te sienten.
     
    Te doy una canción y hago un discurso
    sobre mi derecho a hablar.
    Te doy una canción con mis dos manos,
    con las mismas de matar.
    Te doy una canción y digo Patria
    y sigo hablando para ti.
    Te doy una canción como un disparo,
    como un libro, una palabra, una guerrilla,
    como doy el amor.
     
                          Silvio Rodríguez
    Etiquetas: Hyperpoesía
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Kevin inventor

 

Kevin Costner es un actor y director de cine estadounidense, como sabe todo el mundo.

Yo de cine entiendo más bien poco -eso lo sabe todo el mundo también-, pero podría hablar mucho de Kevin Costner. Podría hablar mucho porque, durante un tiempo, hace ya muchos años, mantuve con él -y esto es ya menos conocido- una estrecha relación casi personal, de las que uno soporta por amor.

Cuando aquello terminó, ya nunca más volví a tener noticias suyas, aunque a él sí que me lo tropecé una vez en una incalificable película titulada Waterworld, pero me hice el longui y pasé de largo.

Nunca más supe de él hasta el otro día, cuando lo encontré de nuevo en el periódico en su nuevo oficio de inventor, menos apuesto pero más maduro. Uno, inventor; y el resto, funcionarios. Madre mía, cómo progresabais los amigos.

Hablaba Kevin -presumirán la razón de la familiaridad- sobre la catástrofe ecológica del Golfo de México: que "es culpa de todos", decía. Sí, de todos. Hasta de BP.

De BP, por cierto, también puedo hablar con propiedad y conocimiento, porque, aunque tampoco entiendo nada de gasolina, también trabajé durante "un tiempo" en una empresa consultora, uf, uf, uf,  que le hacía de departamento de ingeniería. Aquel trabajo no me dió para llegar a "empleado del mes", que no cumplí allí, pero sí para hacerme una idea más o menos sobrecogida de cómo se las gastan. Por eso, en las preguntas que me hago sobre este asunto me cabe siempre la posibilidad cierta de las respuestas más terribles. O sea:  "¿Y ustedes? ¿sabrán ustedes tapar ese boquete?." O veamos: "Poniendo que no sepan ustedes tapar el agujero en este momento, ¿sabría alguno calcular, al menos, en arrobas contantes, sonantes y sin rodeos, cuánto petróleo puede llegar a salir de ahí?. ¿Sabría alguno de ustedes decir si, llegado el caso, lo que sea da para cubrirnos a todos por encima del cuello?". Osú.

Pero yo no quería escribir sobre el pesimismo, sino sobre las declaraciones de Kevin Costner acerca de la marea negra, culpa de todos, provocada por el tolerado incumplimiento de las garantías de seguridad en la plataforma Deep Horizont.

Quería escribir sobre esto porque me parecen unas declaraciones ejemplares y transparentes. Leyéndolas se entera uno de que, durante años, Kevin Costner se ha dedicado a inventar, patentar y fabricar máquinas filtradoras de agua. Hasta treinta y dos tenía el hombre guardadas sin uso ni aplicación conocida; y por fin se las ha colocado a BP a cambio de una buena suma de millones de dólares.

Su comprensible euforia tiene tres razones evidentes. Por un lado, la pasta. Por otro, la jugada, pues BP ha comprado los chismes aun a sabiendas de que no sirven para nada (y lo confiesan los hombres como si tal cosa, ya avisé de cómo se las gastan). Y, en tercer lugar, por la alegría de su señora, porque, pienso, poniendo que cada máquina tenga, por lo menos, el tamaño de una melita, y seguro que son más grandes, a ver las broncas que no se habrá ganado, por muchos metros que le sobren en casa, queriendo guardar treinta y dos trastos inservibles. Así que me parece de lo más normal que Kevin diga que el asunto es culpa de todos. Es más, si dice que, además, se lo cree, también me parecerá normal.

Supongo que esto de querer compartir la culpa (la suerte que se corre en la ganancia, no; esa suerte es más difícil de compartir) ha sido siempre un descanso para la conciencia de los culpables. Es algo que se repite mucho, por cierto, con esto de la crisis económica, de la que también tenemos la culpa todos. Mucho, mucho, lo repiten mucho los que, durante años, en su afán depredador, en su delirio avaricioso, en su codicia sin límites, han estado saltándose cualquier barrera ética, moral, legal y hasta racional que se le haya puesto por delante. Lo repiten mucho los magnates de la cosa, y los mangantes, tanto como sus ingenieros y sus fabricantes de cafeteras.

Pero no. La culpa no es de todos.

 
 
 
 
 
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