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Miércoles, 16 Junio 2010 16:18

La selección y la bandera

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La bandera en escala de grises

Hoy juega la selección, así que pasado mañana escribiré algo de la crisis y todo ese rollo. Como es a mala hora -a las 4, cuatro, tela- y no me va a dar tiempo de volver a recogerla, ya me ha dicho mi hijo que no regrese a casa si me olvido otra vez de la bandera, regalo del periódico, que guardo desde hace días en el cajón de mi mesa de trabajo. Antes, ya le ha reprochado a la tía que su camiseta de la Roja, con el 9 de no sé quién a la espalda, ni es oficial ni es de la temporada. Y seguramente también se lo habrá reprochado a sus dos abuelas, por si acaso.

Yo soy de la generación del sesenta y pico  -el viernes, por cierto, cumplo 40 tacos- y me libré de la mili. Por eso no hablo de quinta, sino de generación. Y no hablo tampoco de cohorte porque la demografía no era mi fuerte. Ni las matemáticas, como es evidente. Así que me libré de la mili, aunque no me libré de los rescoldos de algunas otras cosas.

Durante mi juventud -mi primera juventud, la mala, quiero decir-, no me libré, por ejemplo, de portar un sentimiento heredado de rechazo, de reserva y de reparo contra lo español, contra sus colores, contra la bandera. Un sentimiento contrario y no sé si contradictorio, porque no me impedía apasionarme con los partidos de la selección, aunque no pueda decir que disfrutándolos, pues desde lo de Cardeñosa hasta la Eurocopa la selección no había sido, en lo que recuerdo, más que motivo de disgustos.

Pero lo español se me ofrecía como una identificación de otros, de los Otros, como "su" bandera, con gran razón, pienso. Un pabellón que había sobrevolado a mi familia durante décadas provocando derrota y sufrimiento, contenido y latente, pero vivo.

Fortalecí aquel sentimiento anclándolo en idealizaciones y en relatos, comunicándolo en ambientes donde se retroalimentaba mientras reaprendíamos el himno de Andalucía -"los pueblos y la Humanidad"- y torcíamos por la selección "estatal" delante de la tele. Y todo lo armé ideológicamente en la universidad, donde me empapé de antropología, de etnicidades, de conciencias nacionales y de clases, bajo la atenta guía de profesores que, a veces, enmendaban sin pestañear a los traductores de Marx y Engels -y a los propios Marx y Engels, si hacía falta- para adaptar a modo su famosa cita sobre el ser nacional de la clase obrera.

Afortunadamente, después, creo que fui entendiendo rápido en qué consisten y qué trágico servicio prestan a la humanidad, en todos los ámbitos de la vida, las identidades fuertes. Y hoy no me siento muy amigo de ninguna enseña. No, no amo mi patria. Su fulgor abstracto es inasible.

Hoy, aunque sé que las cosas no son tan simples, las nuevas generaciones van echando agua y polvo sobre algunas cosas, van pasado de historias, reconstruyendo los símbolo de manera distinta y sacándole cuernos a los pollos. En fin, que esta tarde no me voy a poner la camiseta como Antonio, pero seré práctico y sufriré la siesta como cualquiera. Y no, hijo, no se me va a olvidar la bandera, aunque, puestos, tampoco me vaya a curar hoy del daltonismo.

 
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