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Lunes, 28 Mayo 2018 19:54

Pablo, Irene y la parcela

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Hacienda NápolesPablo Iglesias e Irene Montero han saldado el plebiscito del chalé con un 7 a 3 a favor de la felicidad, de sus procesos personales y de sus consecuentes ocurrencias. Tachamos los chalés de hasta un millón de euros, arriba o abajo, de la lista de cosas que diferencian a la gente de la casta. Ya veremos qué hacemos con el Dacia, tan modesto y tan por debajo del nivel "gente" (la gente se permite un Renault y a veces más), y si aguanta o no ese trasiego diario de curvas hasta Galapagar.

El resultado es muy claro a su favor, no cabe duda, pero no puede ser peor. Por una parte, queda muy lejos de la buscada mayoría de apisonamiento y expiación, porque que te quede el 32 por cierto de mácula en la dignidad, que es lo que dijo el bocazas que se probaba con el plebiscito -"sometemos nuestra decisión a las bases para que ellas y ellos decidan si seguimos siendo dignos"-, no es poca cosa. Yo no sé en dignidades, que se presumen blancas, pero en camisas, con una mancha del 32 por ciento, tiras la camisa.

Por otro lado, el resultado arrastra definitivamente a Podemos en la triste y previsible inercia de los partidos politicos personalistas con liderazgos hipertrofiados, íntimamente determinada por los procesos particulares de los líderes, ora sí, ora no, ora dicto esto, ora tuiteo lo otro, ora hago lo contrario, ora pongo la polla encima de la mesa.

Ya veíamos que Podemos era, es, un conglomerado imposible de izquierdas de toda laya, aglutinadas, más o menos precaria y tácticamente, en torno al magnético carisma de los líderes del centrífugo núcleo irradiador, especialmente de Pablo Iglesias, y sometidas lógicamente a sus bandazos y culebrones, aunque esto es bonito. Ahora se presentaba la disyuntiva inesperada de tener que elegir entre seguir languideciendo en el estatus conquistado o arriesgarse a una contestación ejemplar y catártica, a la inédita y revulsiva demostración de largar a estos dos, pero la masa, ante el miedo al vacío, ha impuesto su pragmático voto de cariño y gratitud a Pablo e Irene. Que "ya a va ser maduro", ha dicho al cabo, contrito y respirando, el nuevo centurión: "Señor, no soy digno de que entres en mi casa". Dispuesto, eso sí, a seguir dando volantazos y paletadas a las perspectivas de la izquierda. Que "toma nota", ha dicho también como quien entiende el mensaje, y esto suena chungo, ¿eh, Kichi?.

A mí me la trae floja el chalé de Galapagar, esa es la verdad. Yo conozco a mucha gente con chalé y parcela en Castilblanco o en La Rinconada, lo que viene a ser lo mismo y anuncia la misma querencia, pero a un nivel low cost y sin papeles. En las fotos, además, no aprecio gnomos de yeso, que me habrían matado, y solo la piscina me resulta inquietante, imposible de representar en la cabeza sin el burbujeo siniestro de un hipopótamo al más puro estilo de la Hacienda Nápoles, hoy parque temático. Prefiero las albercas remasterizadas de mis amigos, que son más... "de la gente". Pero soy condescendiente y comprensivo con la compra, y comparto vividamente la opinión de Escudier sobre el subidón de irracionalidad que acontece en la adveniente paternidad, sobre su descolocadora grandeza, sobre su idealización y sobre las gilipolleces que se perpetran a la luz del juicio perturbado. ¡Yo también les deseo lo mejor! Que disfruten montando sin instrucciones un cortacésped comprado en e-Bay; que aprendan de pastillas de cloro por litro de agua, de mantenimiento y de electricidad de la depuradora; que disfruten de las palizas dominicales de desbroce con sombreros raídos de paja; que crezcan y maduren -aún más y sin queja- en la convivencia con los bichos del campo; y que saboren el pisto de tomates, puerros, berenjenas, calabacines y pimientos ecológicos ganados con su sudor. Ahora bien, votarlos, lo que se dice votarlos, es algo que consideraré el día que hayan dado por entregados a la selva dos mil metros de parcela; cuando la casita de los invitados se haya convertido naturalmente en el trastero de cosas inservibles, incluyendo el proyector musical nocturno de estrellitas de los bebés y el CD de Paco Ibáñez en el Olimpia; y cuando la piscina sirva ya de estanque de ranas. O sea, cuando los presienta en la suerte de "la gente normal con chalé y parcela".

Se ha leído también mucho estos días (y se va a seguir leyendo para los restos) sobre la "hipocresía" de Iglesias, y a ver quién explica a la gente que no es hipocresía, sino más bien un oportunismo ideológico pero de convicciones sinceras en cada momento, un niñateo moral cargado de significaciones y de verdades como puños, como la del ático de Luis de Guindos o la del gobierno amurallado de las éliites. Pablo Iglesias es, sin duda, listo y carismático, y entrena sus dones. Manifiesta a veces tics de frikis y tontos de baba, pero los descarta uno a la voz interior de "No puede ser, no puede ser, no puede ser". Lo que le pasa es que, al igual que uno se trastorna en gilipollas cuando va a ser padre, también perservera como gilipollas mientras es joven. Por eso, jóvenes como hemos sido y como han sido ellos hasta madurar definitivamente anoche, veo normal y hasta reconozco como propias algunas de las gilipolleces de niñatos que han estado largando y practicando con asiduidad Pablo, Irene y otros tantos al frente de Podemos y sus taifas.

Los procesos "políticos" personales tienen estas cosas y son inevitablemente dialécticos, cargados de contradicciones, como todos los procesos personales, o eso creo, y eso he vivido y eso vivo: tesis, antítesis, síntesis. Tenemos que recordar los nuestros, amigos, desde que nos resistíamos a subirnos en el AVE, signo de despilfarro capitalista y burgués, hasta hoy, cuando protestamos porque el coche que nos toca no tiene toma de corriente. Por no hablar de mayores mantas que nos hemos liado en la cabeza. Pero precisamente por eso, por mí, por mi condición, no confío en la política, ni alta ni baja, hecha por gente joven. Si una cosa, será que hay que llegar vivido a la política para poder aportar algo diferente: visión, sentido, experiencia arraigadas, aunque tampoco crea que estas cosas sean algo que los años aporten inevitablemente.

Nada quita, sin embargo, que el proceso político personal de Pablo Iglesias, como el de tantos dirigentes de Podemos, me parezca inocultable, decepcionante y aceleradamente previsible. Tienen derecho, claro, como nosotros, que también hemos pasado del engagament popular y la conciencia de clase definitiva a la conveniencia del adosado, primero de los tres signos del descrédito de la moral de izquierdas y de la degradación y el envejecimiento militante, junto con el reconocimiento de la socialdemocracia como límite político en la institucionalidad burguesa -el tercero- y el descubrimiento de la gastronomía gourmet -el segundo-. Exactamente como nosotros, amigos, aunque eso sí, en tres semanas, coño.

Y ahí que teníamos a Pablo Iglesias enarbolando antier de nuevo la vieja bandera de la encarnación barrial. Y a Lorena Ruiz-Huerta, de Anticapitalistas, reclamando hoy "un nuevo código ético sobre el estilo de vida de sus miembros". "El estilo de vida", joder. "El estilo de vida 2.0". Y a Kichi largando barrenos de dinamita: "Lo importante es no parecerse a la casta". Y a Montero reivindicándose: "Mi padre es un modesto mozo de mudanzas". Y a Monedero zozobrando, largando paridas y señalando la inopia de la gente que se ha quedado con las convicciones en carne viva: "No se lo pongáis fácil a los poderosos". ¿Y nosotros? Ay, nosotros, qué mal rollo y qué mala conciencia, a nuestra edad, cuando ya lo habíamos superado y habíamos aprendido a querernos tal y como somos. Ay, nosotros.

Eso sí que no se lo perdonamos, no nos lo perdonamos. Ni eso ni las gilipolleces de niñatos. 

 

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