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Viernes, 27 Noviembre 2015 19:54

Contra el hambre de aquí

"Contra el hambre de aquí", frente a la de "allí". He ahí el pornográfico lema con el que arranca hoy la "Gran Recogida", esa infame impostura mangoneada por el Opus y perpetrada en nombre de la "solidaridad de verdad" y de las buenas intenciones. "Contra el hambre de aquí", anuncian los pervertidos.

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Miércoles, 18 Enero 2017 10:08

Servicios mínimos

El grabado, publicado originalmente en The Harper's Weekly el 15 de mayo de 1886, recrea una explosión durante la revuelta de Haymarket.

Lo traigo a colación de la opinión de un querido amigo, que propone la regulación de las huelgas al 20% de las plantillas para evitar "seguir estando en mano de colectivos que secuestran la libertad de los demás en el desmesurado beneficio propio".  Y yo, ahora que está aflorando nuestro lado cimarrón, le doy la razón histórica.

Al fin y al cabo tengo la convicción de que las huelgas no pueden ser hechos institucionalizados sin perder su sentido y su eficacia. Quizás tendrían que volver a ser hechos ilegales, violentos, salvajes y mortíferos; hechos vivencialmente decisivos, de gente que lucha y ama desesperadamente, mientras se juega el pan, la vida y el futuro sin seguridad ni amparo, a la intemperie del orden y la ley. Así, como en 1886. En el camino de la conquista de los derechos sociales.

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Jueves, 28 Julio 2016 09:35

Las personas podemos cambiar

Por instrucción y a solicitud de mi noble retoño -bendita sea la rama-, llevo lo que va de verano trabajándome la competencia de no saltarme los semáforos por el carril derecho de realidad aumentada. He concentrado mi intención en el de Rubén Darío con Álvar Núñez; y la tengo ya casi dominada. O sea, las personas podemos cambiar. De hecho, me siento en paz, cívico, integrado, indiferente y un poco más ecológico, como cuando dejé de fumar. Así que mañana doy un paso más y empiezo con esa competencia de segundo nivel de que me den igual también los que se lo saltan, comprendiendo que se trata de personas que es posible que, por cualquier motivo, lleven más prisa que yo. Como ese cabrón.

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Jueves, 26 Julio 2012 13:10

La cola de la sopa

Me tropiezo en la red con una noticia de las que, después de mirar de qué día es y de dónde, te quedas pillado.

La noticia es un poco pasada, pero da igual: por hacer sangre. O sea: que los del BBVA van a ayudar a los de Cáritas a "optimizar" los recursos que ofrecen a las familias repercutidas por la crisis, dado el desmesurado incremento de la demanda asistencial, y les van a explicar cómo va el tema.

Hago una pausa para quejarme en plan minimalista, en voz baja y sólo para mí...

"Madre mía", murmuro.

La iniciativa es parte de un plan mediante el que, por una parte, los empleados supervivientes del BBVA eligen a unas entidades que después se benefician. Por la otra, el banco pone un dinerillo que se destina a unos “colectivos desfavorecidos” que, con un poco de suerte, pueden ser conocidos del propio banco pero por otra ventanilla, con la condición de que no se lo gasten en vicios esta vez.

Como ya ni siquiera dudo de la buena fe de los expertos del BBVA, ni quiero interferir en sus buenos propósitos -y que estudien todo lo que quieran-, ahí les ofrezco esta foto, por si les sirve de inspiración para la implementación logística, que dirán. Fíjense en el detalle: ordenados, atentos y pidiendo la vez. ¡Con dos cojones la hermana!

Efectivamente, la noticia es casi una caricatura. Sin embargo, se le ve todo a eso que se llama responsabilidad social corporativa de las empresas, a esa -digamos- sinergia, caro vocablo del sector non profit. Es una sinergia burda y pedestre, ya lo sé, como la del hambre que se junta con las ganas de comer, pero es una sinergia al fin y al cabo. Es decir, si urgente es para unos la necesidad del maquillaje y el disfraz de cordero, la de pillar lo que sea para surtir la alacena es para los otros imperiosa. De éstos, unos lo hacen porque viven de ello, en todos los sentidos, y comen de la olla. Y luego están los otros que se prestan al juego por ese oportunismo de buena fe, estrechas miras y cortas entendederas llamado pragmatismo.

Y, en fin, que hay mascaradas y mascaradas.

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Viernes, 11 Junio 2010 04:57

La culpa no es de todos

Mr Costner inventorKevin Costner es un actor y director de cine estadounidense, como sabe todo el mundo.

Yo de cine entiendo más bien poco -eso lo sabe todo el mundo también-, pero podría hablar mucho de Kevin Costner. Podría hablar mucho porque, durante un tiempo, hace ya muchos años, mantuve con él -y esto es ya menos conocido- una estrecha relación casi personal, de las que uno soporta por amor.

Cuando aquello terminó, ya nunca más volví a tener noticias suyas, aunque a él sí que me lo tropecé una vez en una incalificable película titulada Waterworld, pero me hice el longui y pasé de largo.

Nunca más supe de él hasta el otro día, cuando lo encontré de nuevo en el periódico en su nuevo oficio de inventor, menos apuesto pero más maduro. Uno, inventor; y el resto, funcionarios. Madre mía, cómo progresabais los amigos.

Hablaba Kevin -presumirán la razón de la familiaridad- sobre la catástrofe ecológica del Golfo de México: que "es culpa de todos", decía. Sí, de todos. Hasta de BP.

De BP, por cierto, también puedo hablar con propiedad y conocimiento, porque, aunque tampoco entiendo nada de gasolina, también trabajé durante "un tiempo" en una empresa consultora, uf, uf, uf,  que le hacía de departamento de ingeniería. Aquel trabajo no me dió para llegar a "empleado del mes", que no cumplí allí, pero sí para hacerme una idea más o menos sobrecogida de cómo se las gastan. Por eso, en las preguntas que me hago sobre este asunto me cabe siempre la posibilidad cierta de las respuestas más terribles. O sea:  "¿Y ustedes? ¿sabrán ustedes tapar ese boquete?." O veamos: "Poniendo que no sepan ustedes tapar el agujero en este momento, ¿sabría alguno calcular, al menos, en arrobas contantes, sonantes y sin rodeos, cuánto petróleo puede llegar a salir de ahí?. ¿Sabría alguno de ustedes decir si, llegado el caso, lo que sea da para cubrirnos a todos por encima del cuello?". Osú.

Pero yo no quería escribir sobre el pesimismo, sino sobre las declaraciones de Kevin Costner acerca de la marea negra, culpa de todos, provocada por el tolerado incumplimiento de las garantías de seguridad en la plataforma Deep Horizont.

Quería escribir sobre esto porque me parecen unas declaraciones ejemplares y transparentes. Leyéndolas se entera uno de que, durante años, Kevin Costner se ha dedicado a inventar, patentar y fabricar máquinas filtradoras de agua. Hasta treinta y dos tenía el hombre guardadas sin uso ni aplicación conocida; y por fin se las ha colocado a BP a cambio de una buena suma de millones de dólares.

Su comprensible euforia tiene tres razones evidentes. Por un lado, la pasta. Por otro, la jugada, pues BP ha comprado los chismes aun a sabiendas de que no sirven para nada (y lo confiesan los hombres como si tal cosa, ya avisé de cómo se las gastan). Y, en tercer lugar, por la alegría de su señora, porque, pienso, poniendo que cada máquina tenga, por lo menos, el tamaño de una melita, y seguro que son más grandes, a ver las broncas que no se habrá ganado, por muchos metros que le sobren en casa, queriendo guardar treinta y dos trastos inservibles. Así que me parece de lo más normal que Kevin diga que el asunto es culpa de todos. Es más, si dice que, además, se lo cree, también me parecerá normal.

Supongo que esto de querer compartir la culpa (la suerte que se corre en la ganancia, no; esa suerte es más difícil de compartir) ha sido siempre un descanso para la conciencia de los culpables. Es algo que se repite mucho, por cierto, con esto de la crisis económica, de la que también tenemos la culpa todos. Mucho, mucho, lo repiten mucho los que, durante años, en su afán depredador, en su delirio avaricioso, en su codicia sin límites, han estado saltándose cualquier barrera ética, moral, legal y hasta racional que se le haya puesto por delante. Lo repiten mucho los magnates de la cosa, y los mangantes, tanto como sus ingenieros y sus fabricantes de cafeteras.

Pero no. La culpa no es de todos.

 
 
 
 
 
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Sábado, 04 Febrero 2017 16:19

Demagogia

Acabo de llegar a mi casa cuando empiezo a escribir estas líneas. Vuelvo de Ceuta, de la marcha conmemorativa de la tragedia de El Tarajal, donde quince personas murieron ahogadas hace tres años cuando intentaban cruzar a nado la frontera con España.

Se me apetecía acudir a la marcha, convocada por Pedagogía Ciudadana con el respaldo de diversas organizaciones sociales y políticas. ¿Por qué? ¿Para qué? No sé. Quería estar y conocer eso. Ver la valla con mis ojos. Pisar y respirar ese escenario infame de la frontera sur. Sentía que era bueno estar allí. Apoyar este gesto -ay, los gestos, esa penúltima línea de resistencia de la praxis-. Contribuir al recuerdo de aquellos chicos muertos. Sumar algo, si es que eso es posible y tiene algún sentido, no lo sé tampoco. Lo digo como lo siento, con todo el peso de mi descreimiento en las cosas, en los gestos, en la praxis y en las posibilidades. Esa es la verdad.

También es la verdad que me cabían en la mochila un montón de expectativas emocionales suficientemente superfluas. Oye, qué bien, echar el día de excursión en Ceuta, porque no voy desde los años de los relojes Timex y los caballitos blancos de porcelana. Ah, y que tengo posada frente al puerto, pero jamás he visto el otro lado de la dársena. Y que me asomo cada noche de verano a la bahía, pero no me hago una idea de lo que es la monoboya. Y que me falta la perspectiva marinera para entender el Peñón, parece mentira. Y que cuánto será un tiro de piedra en medio del Estrecho. ¿Y un brazada, cuánto será?. Y que cuánto es correr para un fast ferry. Y que si se seguirán viendo los delfines. Y que si será realmente Ceuta, como dicen, lo que se ve de noche desde la Punta del Carnero.

El día amanece nebuloso y amenazante, pero nos ponemos en marcha. Poco a poco van llegando al puerto otros participantes. In extremis los últimos. No hace falta preguntar demasiado quiénes son los que van a lo mismo. Muchos lo llevan escrito en las rastas, en las botas, en las zapatillas gastadas, en los bolsos, en los pañuelos, en los jerseys tejidos a mano... Sí, eso es: activistas alternativos y jubilados, perroflautas, sí, yonkis de los derechos humanos y todos esos rollos.

Mis deudas con la travesía las saldo en la cubierta, pese al viento y las salpicaduras. Muchos, con su experiencia sobrada en el paso del Estrecho, nutrida en esa querencia tan alternativa por Marruecos, prefieren el confort del interior del barco. Pero no somos pocos los neófitos que recibimos allí arriba nuestro bautismo de agua salada y detalles fútiles. A veces, por segundos, porque vamos a lo que vamos al fin y al cabo, nos reflejamos en las aguas recias y profundas, y resulta inevitable imaginarnos al pairo, allí en medio, en una colchoneta de juguete. Pero sólo por un instante y con la demagogia justa. Inmediatamente nos despreocupamos de nuevo de ese abismo y nos centramos en la belleza del mar, no vaya a ser que nos perdamos la vista de algún cetáceo que se cruce con nosotros en un golpe de suerte.

Ceuta -portuaria, fortificada, empinada, mestiza, rico su té y su café malísimo- no sigue igual, pero como si siguiera, porque no llevamos plan de visita. Hasta mediodía nos dedicamos a pasear sin rumbo ni miedo de perdernos, haciendo tiempo. Durante el paseo, mis lazarillos me explican pacientemente los detalles y el quién es quién de todo aquello. Y me aclaran que sí, que los negros de las calles son los que han pasado la valla. Que el CETI, en realidad, es Ceuta. Que aquí los dejan libres hasta que los trasladan a un centro de internamiento, donde ya se verá. Y me explican que no, que no cuentan con gran respaldo social. Que aquello es un gesto. Que la gente es, en general, indiferente. O quizás no, pero en un sentido contrario al deseado... Lo voy pensando todo. Y me preparo.

A las doce nos reunimos varios cientos de personas en una mesa redonda que forma parte de los actos de la jornada. Predomina el clima de saludo fraterno de estas cosas, raramente religioso y demagógico, con muchos negros entre los asistentes, los del CETI. Hablan los intervinientes de la mesa y me gusta lo que dicen, aunque me quedo con las palabras de Sani, de Camerún, cinco años aquí, que habla en perfecto español y sin mucha demagogia. De sus intenciones. De las dificultades. De las complicaciones. De su miedo cerval a la valla, a las cuchillas, a los alambres, a la sangre, a las palizas y a la policía. De las vueltas que dio hasta verlo posible. De las aguas heladas de diciembre. De las pelotas de goma de la Guardia Civil. De su llegada, por fin, a la tortura del CIE de Tarifa. De su pasión por el estudio, por los libros, por las bibliotecas. De cómo se va cumpliendo su sueño de estudiar. Y entonces entiendo que sí, que Sani es efectivamente una amenaza para nosotros, compatriotas lerdos, realistas, pragmáticos y nada demagógicos. Porque gente así no sólo va a robarnos el trabajo, sino que va a robarnos también los restos de decencia.

El almuerzo se reparte en una plaza. Consiste en un bocadillo, una bebida y un golpe de realidad. Allí, en la cola, confundidos entre otros jóvenes del CETI, se han colado unos niños. Alguno pasará difícilmente de los 15 años. Niños, como mi hijo. Haciendo grupo. Niños. Chiquillos. En los gestos, en las poses, en los pantalones caídos, en las sonrisas, en las miradas cómplices, en las respuestas... Niños. Sin discusión posible. Sin matices. Sin limbos ideológicos que valgan. Puede no verse, sí, sin demagogia. Y puede razonarse, y matizarse, y relativizase, y suavizarse, y decirse que no son exactamente niños. Pero tiene uno que haber mamado muy mala leche, y tiene que ser uno muy muy pequeño para poder hacerlo. Lo digo con acritud, pero sin demagogia.

—Estos son niños —le digo a uno.

—Sí, también pasan niños —me contesta, creo que con sorpresa ante mi sorpresa.

Ya no puedo sacudirme la demagogia durante el resto de la tarde, ni perderlos de vista. Ahí están, portando sus pancartas, coreando, deletrando dificultosa y lentamente el lema, sintiéndose protagonistas, recibiendo el calor de los participantes, dejándose manipular, no sé si confiándoles alguna esperanza.

No paro de observarlos y veo que no soy el único. Ya en la marcha, durante un momento, montan entre risas y entre ellos un pequeño follón, farfullando algo en francés. Una señora mayor, que parece entenderlos, se acerca a ellos y les regaña como una abuela. Ellos interrumpen los gritos al instante, se recomponen con ademanes serios, masculinamente serios, se diría, miran firmes al frente, contienen la risa. Sí, de dónde saldrá el martillo, se me viene a la cabeza en otro arrebato de demagogia.

La marcha transcurre limpiamente, pacíficamente, cívicamente. Se gritan lemas duros contra la muerte en las fronteras, pero qué más civilizado. Se marcha por la acera para no causar molestias ni entorpecer el tráfico, aunque más tarde, casi al final, se rompa el orden y algunos comiencen a ocupar la carretera. Me pide el cuerpo entonces expresar mi fastidio pequeñoburgués: "Se pierden razones así, cortando el tráfico", digo. Y acto seguido pienso: "Soy gilipollas". Y acabo la marcha como todos, por la carretera.

Llegamos a la playa, aunque antes me ha dado tiempo de pensar en las ausencias, porque no puedo evitar echar de menos a alguna gente. ¿Dónde coño estarán? ¿En qué estarán pensando? ¿Temerán algo? ¿Creerán que hay mejores lugares donde plantar las razones? ¿Tendrá que venir el Papa a decirles en persona lo de que que prefiere una Iglesia accidentada y en salida?

Muchos medios siguiendo la llegada a la valla. El ambiente me parece sereno, contenido, casi tímido, emotivo y triste. Me apena la escasa respuesta, aunque ya sabré más tarde que los convocantes la viven como un éxito. Nos explican dónde fue y cómo sucedió. Se lee el manifiesto. Se pide justicia. Se corean lemas. Se frustra con el viento el vuelo de los globos. Y todos encontramos algún momento para refugiarnos en el silencio a contemplar la playa.

Es la frontera sur, sí. Y es Ceuta lo que se ve desde la Punta del Carnero. Me alegro de haber venido. Hoy me alegro de estar con esta gente.

[Los muertos de El Tarajal]

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