Yo.0

Lunes, 03 Octubre 2016 18:55

Yo te quiero verde

 

Yo te quiero verde, sí.
Yo te quiero verde, ay.
Yo te quiero verde.

Verde que te quiero verde.
Verde viento. Verde rama.
El barco sobre la mar
y el caballo en la montaña.
Verde.
Yo te quiero verde, sí.
Yo te quiero verde, ay.
Yo te quiero verde.

Con la sombra en la cintura
ella sueña en la baranda,
verdes ojos, negro pelo,
su cuerpo de fría plata.

Compadre, quiero cambiar
mi caballo por tu casa,
mi montura por tu espejo,
mi cuchillo por tu manta.

Compadre, vengo sangrando,
desde los puertos de Cabra.
Y si yo fuera mocito,
ya este trato lo cerraba.

Compadre, quiero morir
decentemente en mi cama.
De acero, si puede ser,
con las sábanas de holanda.

¡Compadre! ¿Dónde está, dime?
¿Dónde está esta niña amarga?
¡Cuántas veces la esperé!
¡Cuántas veces la esperara!

Verde que te quiero verde.
Verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre la mar
y el caballo en la montaña.
Verde.
Yo te quiero verde, sí.
Yo te quiero verde, ay.
Yo te quiero verde.

 

ROMANCE SONÁMBULO
(Federico García Lorca, 1924)

Verde que te quiero verde.
Verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre la mar
y el caballo en la montaña.
Con la sombra en la cintura
ella sueña en su baranda,
verde carne, pelo verde,
con ojos de fría plata.
Verde que te quiero verde.
Bajo la luna gitana,
las cosas le están mirando
y ella no puede mirarlas.

Verde que te quiero verde.
Grandes estrellas de escarcha,
vienen con el pez de sombra
que abre el camino del alba.
La higuera frota su viento
con la lija de sus ramas,
y el monte, gato garduño,
eriza sus pitas agrias.
¿Pero quién vendrá? ¿Y por dónde…?
Ella sigue en su baranda,
verde carne, pelo verde,
soñando en la mar amarga.

Compadre, quiero cambiar
mi caballo por su casa,
mi montura por su espejo,
mi cuchillo por su manta.
Compadre, vengo sangrando,
desde los montes de Cabra.
Si yo pudiera, mocito,
ese trato se cerraba.
Pero yo ya no soy yo,
ni mi casa es ya mi casa.
Compadre, quiero morir
decentemente en mi cama.
De acero, si puede ser,
con las sábanas de holanda.
¿No ves la herida que tengo
desde el pecho a la garganta?
Trescientas rosas morenas
lleva tu pechera blanca.
Tu sangre rezuma y huele
alrededor de tu faja.
Pero yo ya no soy yo,
ni mi casa es ya mi casa.
Dejadme subir al menos
hasta las altas barandas,
dejadme subir, dejadme,
hasta las verdes barandas.
Barandales de la luna
por donde retumba el agua.

Ya suben los dos compadres
hacia las altas barandas.
Dejando un rastro de sangre.
Dejando un rastro de lágrimas.
Temblaban en los tejados
farolillos de hojalata.
Mil panderos de cristal,
herían la madrugada.

Verde que te quiero verde,
verde viento, verdes ramas.
Los dos compadres subieron.
El largo viento, dejaba
en la boca un raro gusto
de hiel, de menta y de albahaca.
¡Compadre! ¿Dónde está, dime?
¿Dónde está mi niña amarga?
¡Cuántas veces te esperó!
¡Cuántas veces te esperara,
cara fresca, negro pelo,
en esta verde baranda!

Sobre el rostro del aljibe
se mecía la gitana.
Verde carne, pelo verde,
con ojos de fría plata.
Un carámbano de luna
la sostiene sobre el agua.
La noche su puso íntima
como una pequeña plaza.
Guardias civiles borrachos,
en la puerta golpeaban.
Verde que te quiero verde.
Verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre la mar.

 

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El libro de la fotografía encierra uno de los mayores y más perdurables misterios de mi vida.

Es la edición de 1976 de una antología poética de Miguel Hernández en el Círculo de Lectores, que llegaría a mi casa, no sé, porque mi madre lo marcaría en un pedido, supongo que con alguno de Los Cinco o un "clásico infantil" simplificado: para el niño, a ver si lee algo, aunque sea con dibujos, con colores o con letra grande. Pero nada, quizás con velas a un santo. ¡Gente de poca fe!.

Así que me dejaron en manos del santo, que me religó, sin mucha fe tampoco, seguramente, con lo más improductivo de la estantería. Y desde entonces me recuerdo con este libro entre las manos, encadenado, sin entenderlo, intrigado por su escritura aérea, por la forma de su líneas dispuestas en columnas y agrupadas en bloques, por el orden misterioso de sus palabras, que me arrancaban la voz y hasta parecían llamarme a veces: olivo cano, umbrío por la pena.

Hablaba de relámpagos resumidos en limones. De una tal Josefina adorada. De vientos que arrastraban a los pueblos. De toros, bueyes, páramos. De España. De niños masculinos y sufrientes. De hombres recios. De amigos perdidos. De compañeros del alma. De panaderas tristes. De mujeres dinamiteras. De utopías al alcance de la mano. De anhelos persistentes.

Era el poder de la palabra, siempre encontrada, siempre medida, siempre pulida, portentosa y eléctrica, que se ofrecía así para saborearla, leyendo hablando, mostrándote el camino, y se desdoblaba, y se recreaba, y se desnudaba después en su significado, vibrándote con ella hasta las lágrimas, entonces sin saber, algunas veces. Y todavía.

El Círculo de Lectores trajo después a Serrat y a Jarcha, y también otros libros, y conocí a Miguel Hernández de otro modo. Pero yo ya sabía que era más hondo que Machado, más jondo que Lorca, más auténtico que Felipe, más sensual que Neruda, más revolucionario que Alberti y más humano que todos. Hasta la vida y hasta la muerte, hasta el exilio de las convicciones. Hasta la derrota, siempre.

De todos los libros que voy perdiendo, éste es, sin duda, el que más veces he leído y el que más veces volveré a leer. Es el más manoseado, el más desvencijado y el más desordenado, con su índice inútil de páginas sueltas y mezcladas, y ese poema que nunca aparece cuando se le necesita. Es el más llevado y traído. El que se me pierde amargamente y regresa como un libro pródigo. Es el libro para mi isla desierta. Y es el que legaré porque no habré regalado.

Así que cuando en un futuro os pidan que gloséis mi carrera literaria -aún no, no os precipitéis, aún es pronto y es parca-, hablad de la influencia y la llamada de Miguel Hernández. Os lo digo yo: es clara. Y directa. El santo lo sabía, gente de poca fe:

Manantial casi fuente; casi río
fuente; ya casi mar, casi río apenas;
mar casi-casi océano de frío,
Principio y Fin del agua y las arenas.
Casi azul, casi cano, casi umbrío...

 

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